Menorca: mediterráneamente perfecta.
Menorca: mediterraneamente perfecta.
HAY LUGARES QUE NO NECESITAN EXPLICARSE DEMASIADO. MENORCA ES UNO DE ELLOS.
Salir de Mahón siempre tiene algo especial. No solo por su puerto —uno de los mayores puertos naturales del Mediterráneo— sino porque marca ese instante preciso en el que la rutina queda atrás y empieza otra forma de medir el tiempo. Desde Port de Llevant, todo un privilegio, soltamos amarras y pusimos rumbo norte a bordo del Magdala, con la idea clara de rodear Menorca navegando, sin prisas y dejándonos llevar por la isla y el viento.
Primeros rumbos: norte y calma
La costa norte nos recibió con su carácter más abierto y salvaje. La primera singladura nos llevó hasta Es Grau, puerta marítima del Parc Natural de s’Albufera des Grau. Allí fondeamos en aguas tranquilas, protegidos por la Isla de Colom rodeados de naturaleza y con esa sensación de estar exactamente donde hay que estar.
Desde Es Grau continuamos navegando hasta Puerto Addaya. No hicimos noche allí, pero la entrada merece mención aparte. A medida que te adentras en su largo acceso natural, el mar se va cerrando, el viento desaparece y el entorno se vuelve sorprendentemente silencioso.
Es uno de esos lugares donde la navegación cambia de ritmo casi sin darte cuenta y la sensación de calma es inmediata, incluso antes de amarrar o fondear. Para volver y quedarse.
La jornada continuó hasta Fornells, uno de los grandes puertos naturales del norte de la isla. Amplio, bien protegido y con vida propia, Fornells fue parada práctica y necesaria: aprovisionarnos, estirar las piernas y volver a sentir tierra firme sin perder el vínculo con el mar.
Más allá de lo funcional, el entorno del puerto y el pueblo refuerzan esa idea de refugio marinero que tiene el norte de Menorca.
Siguiendo la costa norte: espacio, viento y horizonte
En los días siguientes continuamos bordeando la costa norte, más agreste y menos previsible. El paisaje cambia, las calas se vuelven más abiertas y la navegación exige atención, pero también ofrece recompensas. Llegar a Algaiarens fue uno de esos momentos que se quedan grabados: arena clara, entorno virgen y una sensación de aislamiento que solo se entiende cuando se accede por mar.
Desde allí pusimos proa a Ciutadella, una llegada que marca un antes y un después en cualquier vuelta a la isla. Su puerto natural, largo y estrecho, obliga a reducir velocidad y a entrar con respeto, casi en silencio, mientras la ciudad se va revelando poco a poco. Fondear en Ciutadella no es solo una escala técnica: es encontrarse de golpe con la Menorca más histórica y viva
Cinco días después de haber salido de Mahón, la isla ya empezaba a sentirse familiar desde el mar, pero Ciutadella devolvió la sensación de descubrimiento. Su casco antiguo, las calles estrechas, las plazas y el ambiente de la ciudad contrastan con los días de calas y navegación abierta. Fue una parada para pasear sin rumbo y recordar que dar la vuelta a Menorca también es entender sus dos almas: la natural y la urbana.
El sur: calas, luz y otra Menorca
La costa sur marca un cambio claro. Aguas más calmadas, fondos claros y calas que parecen diseñadas para fondear sin prisa.
Navegamos hacia Son Xoriguer, Son Saura, Macarella y Cala Galdana, enlazando calas que, vistas desde el mar, cobran otra dimensión.
Incluso mientras el Magdala descansaba junto a buena parte de la tripulación, otros madrugamos para recorrer a pie uno de los tramos del Camí de Cavalls, entre Cala Galdana y Cala Macarella. Toda una experiencia que, a buen seguro, repetiremos en próximas travesías.
La Isla del Aire nos anuncia que pronto pondremos fin a nuestra singladura.
Fondeamos al resguardo de Isla del Aire en el canal que se conforma con Punta Prima. Un lugar paradisiaco para cerrar el círculo: calma absoluta, luces lejanas y la sensación clara de haber completado algo.
Al día siguiente, el regreso a Mahón fue tranquilo. Habíamos completado un 360º a Menorca, pero más allá de la distancia o las millas, lo importante fue la experiencia: el ritmo, la convivencia a bordo, el mar como espacio compartido y la isla vista desde su mejor ángulo.
